Después de que abordaran el desierto donde las olas te daban a elegir, tuve que buscar algo más tranquilo donde acordarse del paraguas y salir con d.n.i. fuera misión principal del día a día.
Al principio, como los principios de toda búsqueda, probar suerte sonaba bien, habiendo probado ya todas las suertes por cuarta o quinta vuelta me planté en seco.
Seguí hacia atrás, que ya me sabía el camino, volví a conocer a los mismos camellos y sultanes, ellos no habían probado ningún tipo de suerte, pero cómo al que no le gusta la coliflor, la suerte olía demasiado fuerte para ellos.
Nada de lo que había conocido entre farolas, listas de espera y paraguas consiguió distraer su atención de las olas, pensé que temían un nuevo abordaje y desistí sentándome con ellos.
Pasamos meses allí sentados y aprendí que no esperaban un nuevo abordaje, sólo vivían atentos a no dejar llegar al desierto todos los paraguas, miedos y preocupaciones que las olas traían.
El desierto debía seguir desierto, desierto de cosas inútiles.