Como no me tocó el megáfono aquí me veo. Solucioné el mundo pero me pilló de tapas. Ya a la próxima...

Evolución no es sinónimo de mejoría.

Su ADN solo se diferencia del nuestro en un cinco por ciento y, como nosotros, sienten celos, envidia, amor, vergüenza y pena, elaboran herramientas, regalan mascotas a sus hijos y hasta aprenden miles de palabras en el lenguaje de los signos. Sin embargo, pese a su inteligencia y sociabilidad, los seguimos viendo toscos y salvajes e incluso como una temible amenaza para nuestra propia supervivencia. 

¿Qué pasaría si potenciáramos mínimamente la inteligencia de los primates? ¿Podrían terminar rebelándose contra nosotros como en ‘El planeta de los simios’?

Durante los últimos meses Kat Beach, una voluntaria del instituto, se había ocupado de ella, y entre la mujer y la simio se había entablado una emotiva amistad. Cuando se hizo evidente el embarazo en curso de Kat, la chimpancé se mostró muy interesada. En su lenguaje de signos, tocaba el abultado vientre de su amiga y formaba la palabra ‘niño’. Y entonces Kat dejó de visitarla.

Washoe se sentía desatendida, abandonada por su amiga. Y eso la irritaba. Cuando unos días después Kat volvió a reunirse con ella en el instituto, Washoe la ignoró. Quería demostrarle que estaba enfadada con ella. Pero Kat se acercó y, en su lenguaje común, le explicó la causa de su ausencia: había perdido el niño que esperaba. Washoe cambió de inmediato. Acercándose a su amiga, gesticuló la palabra ‘tristeza’. Kat asintió. Entonces su amiga chimpancé gesticuló ‘por favor, abrázame’, y la abrazó cariñosamente para darle consuelo. Ambas compartían una dolorosa experiencia.

Apenas una mínima diferencia separa nuestro ADN y el de los otros grandes simios. En el caso de los chimpancés, es menor del cinco por ciento. Son capaces de sentir emociones complejas que hasta hace poco creíamos patrimonio de los humanos. Sienten celos, envidia, amor, vergüenza, pena… Elaboran herramientas toscas para fines concretos, regalan mascotas a sus hijos para que jueguen con ellas y aprenden miles de palabras en el lenguaje de los signos de forma que pueden entablar una rudimentaria conversación con sus cuidadores. Y todos comparten un rasgo único que no se encuentra en ningún otro grupo del Reino Animal: la risa. ¿Qué pasaría si se potenciara mínimamente su inteligencia?


Con el paso de los siglos, los chimpancés, los gorilas y los orangutanes –los tres géneros que, con los humanos, conforman el grupo de los grandes simios– tal vez lleguen a desarrollar sus incipientes inteligencias, aunque no parece que se lo vayamos a permitir. Porque el ser humano ha puesto a todos sus compañeros de grupo al borde de la extinción. Los científicos creen que todas las especies y subespecies de grandes simios en libertad desaparecerán este siglo. Nuestra especie, el ‘mono desnudo’ que llamara Desmond Morris, necesita todo el espacio de sus primos simios para alimentar y ubicar a sus casi 7000 millones de miembros. El resto son daños colaterales. Parece que en el transcurso de la evolución el egoísmo es un rasgo que se desarrolla de forma directamente proporcional a la inteligencia.

                                                                                                                                                                   Fernando González-Sitges